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La poesía, ¿contra el mundo?

Varios lectores lo reconocen sin escrúpulos: la poesía no les gusta, no la entienden, les parece falsa, incompleta si se la compara con una canción o con una novela. “Nadie lee poesía”, me comentan algunos. “Los poetas se leen entre ellos”, dicen otros. ¿Tengo que decir que no es verdad, que incluso los que no leen poesía la leen diseminada en las historias de Alice Munro o Katherine Mansfield, en los cuentos de Elvio Gandolfo e Inés Garland, en los relatos de César Aira y Lina Meruane? ¿Que la poesía infiltra no sólo la escritura sino también el modo de leer, de percibir el mundo, el modo de negociar con las emociones (no siempre gratas) que la vida en el mundo provoca? Cada poeta aporta al mundo del lenguaje un lenguaje diferente del que la narrativa puede formular. No hay un James Joyce o una Virginia Woolf o un Manuel Puig o una Lorrie Moore todos los días, ni siquiera uno todos los años. Por supuesto, hay grandes escritores que son grandes no tanto por crear un lenguaje propio como por convertir el lenguaje que usamos en una herramienta, un arma, un instrumento, una lente irrepetible.

El lenguaje de los poetas es diferente. Hay tantos lenguajes como escritores de poesía.

No es que no haya poesía sin lenguaje; es al revés.

Ahora se puede afirmar, sin riesgo de caer en el ridículo, que las canciones de rock también son poesía. No hacía falta que el Nobel de Literatura a Bob Dylan lo avalara, pero al menos es posible citar argumentos de autoridad de fama mundial. En las canciones de Atahualpa Yupanqui y de María Elena Walsh, así como también en las de Gabo Ferro o Rosario Bléfari, hay poseía.
“Se puede afirmar, sin riesgo de caer en el ridículo, que las canciones de rock también son poesía. No hacía falta que el Nobel de Literatura a Bob Dylan lo avalara”

En la Argentina se publican muchos libros de poesía, desde obras completas de autores vivos o ya fallecidos hasta el primer libro de un chico o una chica que editan trescientos o quinientos ejemplares en sellos independientes dirigidos, a su vez, por poetas.

Los poemas navegan por blogs, por revistas digitales, páginas web de escritores y otras plataformas virtuales. Se leen en talleres, en clases de literatura en la escuela (aquí habría que hacer un punto y aparte y referirse al hermoso proyecto Poesía en la Escuela), en aulas universitarias se estudia poesía con fervor.

“Todos los días deberíamos oír un poco de música, leer una buena poesía, contemplar un cuadro hermoso y si es posible, decir algunas palabras sensatas”, escribió Goethe.

Quizás la recomendación más difícil de llevar a cabo sea la última, pero las otras son perfectamente realizables. Tanto para empezar el día con cierta actitud perspicaz como para terminarlo con una pulsación diferente de la que había impuesto la rutina. Al diario llegan libros de poetas semana a semana. Igual que a los de narrativa o ensayo, los abro, los hojeo, los leo un poco en los ratos libres. Los libros de poesía son mis favoritos. Se puede leer un libro de poesía por día (son breves), comprenderlos, asimilarlos puede llevar más tiempo. La poesía, sobre todo, apunta a deshacer la precariedad simbólica en la que vivimos, que engloba la precariedad económica.

Semanas atrás murió un poeta argentino, Leonardo Martínez. Había nacido en Catamarca en 1937. Fue docente, publicó varios libros y había sido premiado en varias ocasiones. La última vez que conversamos, él estaba preocupado porque otros escritores aún no habían cobrado el premio municipal de poesía.

Él, que lo había ganado en 2010, tampoco había cobrado todavía pero, me dijo, tenía sus ingresos como docente jubilado. Vivía con su hermano. Copio tres versos de un poema suyo: “Marchitos ahora/ no podemos restaurar lo perdido/ Inaugurar quizás un mundo”.

¿O tal vez sí? Con poesía. ¿Por qué leo poemas? No sé. Una hipótesis: la poesía permite encontrar en lo que se escucha en la calle, en las conversaciones con amigos, en la radio, en lo que leemos en el diario y en celulares formas que los poetas enriquecieron con imágenes, con alianzas inesperadas, con asociaciones que no habría encontrado nunca en soledad. ¿Cómo? Con el oído atento y una ética puesta al servicio de las palabras, en contra del sentido común que las esclaviza y que, en muchas ocasiones, se pregunta por el sentido que tendría (¡Dios no lo permita!) leer poesía. “¿Para qué sirve leer poesía?” Para seguir leyendo poesía: no es poco.